jueves, 1 de noviembre de 2012

Aventones por el Bajío y Guanajuato

Eran cerca de las seis de la tarde cuando bajamos de nuestro tercer aventón en dirección a Guanajuato. La familia que nos había recogido nos dejó en plena carretera, justo en la bifurcación entre Irapuato y León. El sol comenzaba a declinar y una luz sutil caía sobre los campos inmensos de trigo que parecían lagos de color dorado. Caminamos unos metros y nos encontramos con dos estudiantes que también viajaban de aventón, nos preguntaron nuestro destino e inmediatamente se mostraron solidarios con nosotros. Nos ofrecieron su casa y su amena compañía. El escenario azaroso que el viaje nos había regalado era sublime, estábamos a 40km de nuestro destino, pero el simple trayecto ya había hecho del viaje una experiencia inolvidable.

Viajar de aventón es jugar por un momento a ser verdaderamente libre, a romper con el confort cotidiano, desapegarse de los horarios, encontrar la magia que está en los otros, en esos seres humanos que siempre están ahí, que coexisten silenciosamente, pero que, de repente, devienen personajes con múltiples historias y experiencias por ser contadas. Al final, eso es lo más importante del viaje, abrirse a otros mundos, mundos que existen en el otro.

Un publicista, un chavo fresa, una hermosa familia y un joven pizzero nos trasladaron desde el DF hasta  Silao, a escasos 15 minutos de Guanajuato, desde ahí me encontré con una añeja amiga que conocí en Brasil. Espacios comunes, historias compartidas, nostalgias.

La ciudad de Guanajuanto, aunque está enclavada en el conservador Bajío, tiene un aire liberador, se trata de un museo histórico al aire libre, plagada de estudiantes. Caminar por sus callejones, túneles, y contemplar su relieve multicolor desde sus miradores, me trae a la memoria decenas de pasajes de mi niñez, prepa y universidad. En esta ocasión la compañía fue excelsa.  Regreso al DF con gran energía, con el corazón inflamado.