Un largometraje entre las ruinas de la posguerra
Por la tarde me dirigí garboso hacía la Cineteca Nacional. El día era nublado, con una previsible lluvia veraniega y, por lo tanto, decidí transportarme en camión y dejar detrás la bicicleta.
Llegué más que puntual al sitio de la cita, y de manera rutinaria me dirigí a leer las reseñas de las películas en cartelera. Descubrí que la película propuesta por Ana: "Cochochi", estaba basada en la vida de dos niños rarámuris en la sierra Chihuahua. Me dije –Oh, que interesante, enhorabuena, seguramente debe tener paisajes hermosos que me inspirarán a explorar más de cerca la sierra tarahumara- Además, por si no lo saben, Chihuahua siempre ha tenido un papel protagónico en mi linaje familiar por los origines de mi madre, y podría decir que me considero una mezcla chilango-chihuahuense.
Me quedé un cuarto de hora esperando a la chica murciana hasta que finalmente hizo su alegre aparición. Como es costumbre resquebrajó el plan original y quiso mudar de película, propuso repentinamente ver un filme afgáno del que yo no tenía ninguna referencia. Y así, sumiso y obediente (que vergüenza confesarlo) sin ninguna objeción me sometí a su nueva disposición.
Estábamos ya sobre la hora, presurosamente compramos las entradas, y al ingresar a la sala, el filme ya había comenzado. ¡Chale!
Este filme afgáno: "Kabuli Kid" fue dirigido por un refugiado político en París: Barmak Akram, quien regresó a Kabul para realizar este peculiar largometraje que refleja las vicisitudes y durezas de aquel lejano país.

El retrato de la sociedad afgána resulta contrastante al anteponerse a nuestro dinamismo social mexicano. El exacerbado sistema patriarcal y sumisión femenina está presente en todas las facetas de la vida cotidiana, lo cual me hacía pensar en la diferencia abismal que existe en el país islámico en contraposición a mi compañera española que siempre imponía su voluntad sin el mínimo de pudor. Já, es broma.
Es una simple historia que encarna las ambivalencias de la vida humana. No existe la figura de tranquilidad o afabilidad en la sociedad, cada personaje deja entrever su severo dramatismo, su sufrimiento inexorable, y el hecho insoslayable de vivir ante el agobio constante de una realidad ardua y complejísima
La trama no la cuento, espero que la vean para después comentarla.
Martes por la noche: espacio de poesía
Mi amiga murciana presumía conocer un lugar mágico, un sitio de poetas nocturnos que comparten versos ante la tenue luz de las velas. Un pequeño bar sui generis que promueve la creatividad y la transmisión de sentimientos a través de palabras armoniosamente colocadas. Un rincón de inspiración con mentes abiertas y dichosas que se sienten arropados ante la hermandad y constancia de un reducido grupo que promueve exteriorizar las sensaciones e interpretaciones propias que exaltan la sensibilidad y reflexión.
Allá fuimos, caminamos por largo tiempo sobre avenida insurgentes y finalmente, al encontrar la calle de Tabasco, dimos con el lugar prometido. ¡Oba!
Me encontraba escéptico, un poco cansado y sujeto a la imponderable indecisión. Incluso mi amiga murciana me decía que me veía taciturno al extremo. No sabría definir aquel estado de ánimo, quizá la mera introspección temporal asediada por varias circunstancias que son de difícil exteriorización.
Platiqué con una chica (no recuerdo su nombre) que se aproximó amablemente hacia mi lugar para despedirse, le pregunté más sobre aquel ilustre grupo, y ella, con una dulce y bella sonrisa me relató el surgimiento de aquellas noches bohemias. -¿Cómo se llama este grupo?- la cuestioné, ella respondió: –somos los poetas del megáfono.
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